Tengo que aprender a ser Dios: Un Dios de la madera

Hoy la mesa de mi escritorio sufrió un accidente, unas tijeras hicieron un agujero en ella. Desde en la mañana me he estado fijando en cómo el corte transversal no crece, no se anima, no se mueve. Se lastimó desde el barniz, hasta un poco más de la madera de la que está hecha. No fue muy profundo el corte, no lo suficiente como para que sangrara, no lo suficiente como para que hubiese un ruido de serruchos cortando, va y viene, para penetrar la coraza, simplemente un rayón que llega a quedar marcado por quién sabe cuánto tiempo, hasta que alguien decida pintarla o recubrirla. Lo que no saben es que dentro de ese hoyo, hoy se inició una civilización.
No hicieron falta muchos años para que pasara, fue cuestión de horas en lo que me levantaba de mi lugar para ir por un café. Cuando regresé escuché ruidos desconocidos, anormales, distintos a los que hace el parque al que miro por la ventana cuando deseo escapar. Los sonidos no eran de autos, ni de perros, ni del vendedor de tamales que pasa, religiosamente a las 5:35 de la tarde para ver si alguno de los oficinistas variados le compra su producto. Este ruido era una multitud, un caos, una romería.
Tardé varios minutos en identificar la procedencia de tal estridencia. Buscaba en cada aparato de comunicación que porto (para el lector interesado, son tres, los habituales, a veces hay que sumar una lap top y una tableta, irónicamente no me comunico seguido con nadie). Me levanté, giré, hice muecas, desconecté el teléfono, cerré mi ventana e incluso pensé que ya había perdido la razón por varias noches sin dormir. Ya me había hartado de buscar y en mi desesperación le propiné un golpe a la tabla de madera. Los bordes aún estaban ásperos, un poco de polvo salió del espacio en cuestión, mientras que unas cuantas partículas cayeron para llenar el hueco. Hubo un silencio momentáneo, hasta que el aserrín se asentó. Hubieron cantos repetitivos, odas, música elevándose, una vez más el sonido inundaba mi oficina. El ruido no era muy fuerte, sonaba eco distante, no más alto que susurros. Tuve que acercar mi oido a la madera para comprender que ahí, dentro de ese pequeño agujero había nacido una civilización que me adoraba como su Dios y creador.

Es extraño jugar las veces de Dios, quizá por eso el mundo esté tan jodido, Dios escucha todo, pero todos los ruidos son tan distantes que cuesta trabajo comprender lo que solicitamos. Yo, como Dios primerizo, no sabía si estaban pidiendo que los ayudara o que terminara con su sufrimiento; si querían que les enviara agua o temían por los grandes pedazos de madera que les habían caido. Realicé unos cálculos rápidos del tamaño que podrían tener estos pequeños individuos y su proporción con las astillas de madera que habían caído en sus hogares. Creo que para ellos esto significó que 1/3 de su población fuese devastada por polvo cósmico, que, debido al fuego que tenían encendido para alimentarse, había generado incendios forestales y había quemado miles de hectáreas (proporcionales) para ellos. Quise comparar mi relación con ellos a aquella de Gulliver y los Liliputienses, pero fue imposible. En la historia, los pequeños individuos veían a Gulliver como una amenaza franqueable, para los habitantes de mi mesa era una deidad y me temían como tal (afortunadamente no habían alcanzado la postmodernidad, como para matar a Dios).

Hoy amanecí con una responsabilidad distinta a la de otros días: tengo que aprender a ser Dios.

Advertisement

Dejar un comentario

Archivado bajo Tengo que aprender a ser Dios

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s